GESCHREVEN DOOR

Jazmina Barrera (ES)
VERTAALD DOOR

Alyssia Sebes (NL)
jazmina blog 4
05 November 2019
Esta última entrada del blog iba a ser por derecho cursi. Iba a hablar de las amistades efímeras y de la crueldad de la geografía. Iba a comenzar con el paseo a la playa, con el trayecto en tranvía. Iba a contar cómo nuestro tranvía chocó (el choque más lento de la historia) frente al palacio de la paz. Iba a describir la playa medio desangelada, con esa tubería enorme que obstruye la vista al mar y la inspiración. Iba a cerrar con la entrevista a Tracey Thorn que escuchamos en el festival, y a contar cómo estuve horas después tarareando el coro de Missing, tan apropiado para las despedidas.
Pero igual que esa tubería oxidada, en esta entrada nostálgica se me atravesó el enojo. Intenté sacudírmelo, pero me persiguió todo el día, y no me queda más remedio que contarlo.
Temprano en la mañana tomé el transporte hacia el aeropuerto de Ámsterdam. Documenté mis maletas y compré un boleto de tren hacia la estación central. El vagón estaba lleno. En un conjunto de cuatro asientos enfrentados había cuatro señores robustos y medio calvos, hablando en inglés británico. Uno de ellos me ofreció su asiento y lo tomé. Saqué mi libro (El verano sin hombres, de Siri Hustvedt) y traté de leer, pero los ingleses eran muy ruidosos. No sólo eso, sino que además estaban hablando sobre mí. Era difícil entender lo que decían, porque arrastraban las palabras, estaban borrachos, apestaban a alcohol y tenían en las manos vasos de unicel llenos de cerveza, pero pronto me quedó claro que estaban burlándose de mí y de mi libro. Me levanté. Uno de los señores gritó Don’t go! Le dije que ya me iba a bajar del tren –cosa que era, por supuesto, mentira–. Entonces uno de ellos gritó con voz amenazante: I go down with you, bitch! Y trató de levantarse. Su amigo le dijo calm down, pero él siguió gritando. No supe qué más dijo porque me abrí paso a codazos entre la multitud, atravesé un par de vagones hasta que encontré un lugar vacío en donde esperar mi estación. Como siempre, me tragué mi furia y me quedé pensando mil cosas que podría haberle gritado de vuelta: You wish, asshole!, o Shut up, buttface!
Me seguí acordando de la escena varias veces el resto del día: cuando encontré esa taza en el museo que decía Do women have to be naked to get into the Met. Museum? Less than 5% of the artists in the Modern Art Sections are women, but 85% of the nudes are female.
Y también después, cuando pasé por el distrito rojo y me detuve un instante frente a la vitrina de una mujer de mi edad, vestida con un corpiño negro. Traté de adivinar algo acerca de ella: si era madre o no, si estaba aburrida o si tenía miedo. No logré leer nada en su rostro.
Iba caminando después por las calles de la ciudad, en compañía de mi tío, y nos desviamos un momento del bullicio y los comercios hacia un conjunto de casas pequeñas del siglo XVI, con un jardín en el centro. Lo llaman Begijnhof, ahí solían vivir ciertas religiosas que no querían tomar votos ni meterse en un convento. Tenían más libertad que las monjas, mantenían su independencia, pero tenían seguridad y tranquilidad. Hoy todavía es un oasis de paz, en donde las mujeres, no necesariamente religiosas, pueden vivir tranquilas.
Ahora escribo esto en el avión. Estoy cansada. Extraño a mi hijo. Las doce horas de vuelo que me esperan me dan ganas de llorar. Pero suena una canción que dice you have to keep on living y el piloto acaba de decir que quizás podamos ver una aurora boreal. Hay veranos sin hombres, hay Begijnhofs, hay abrazos de bienvenida y hay auroras boreales. Hay que seguir viviendo.

























.png&w=256&q=75)











