GESCHREVEN DOOR

Jazmina Barrera (ES)
VERTAALD DOOR

Alyssia Sebes (NL)
blog 1 Jazmina
22 July 2019
Por la noche, a las cuatro de la mañana, me despierta la voz de mi hijo en el monitor, llamándome. Voy a su cuarto, me recuesto en su cama --tiene un año y diez meses y apenas cabemos los dos apretujados en su diminuto colchón--. “Quiero chichile”, me dice. En México llamamos chichis a los senos, al acto de amamantar le decimos “tomar chichi”. Parece que la etimología de la palabra chichi viene del maya y del nahua, y que en esas lenguas significa “migas de pan”.
Alejandro, el padre de Silvestre es chileno, así que, por supuesto, hablamos mucho de Chile; hemos viajado a Santiago un par de veces con Slilvestre, y durante mucho tiempo para él Chile era sinónimo de viaje. No recuerdo en qué momento le hice un chiste que mezclaba la palabra chichi con la palabra Chile, y así se nos quedó. De ahí en adelante siempre me pidió chichile. Ese neologismo parecía describir a la perfección la otra patria de mi hijo, la otra cultura, el otro español chileno del que abrevamos él y yo todo el tiempo. Más que otra patria, es otra nuestra otra matria.
Hace casi dos años que no duermo más de tres horas seguidas. Desde enero estoy tratando de destetarlo por todos los métodos posibles: poco a poco, de sopetón, untándome sábila y diciéndole que la chichi se descompuso. Nada había funcionado, hasta ahora. Él era demasiado tenaz y yo demasiado fácil de convencer.
Hace unos días, el pobrecito se enfermó. Le salieron ámpulas en la boca y no podía comer nada sólido y no podía succionar para tomar leche. Se ha ido mejorando, y de algo sirvió todo esto, porque ahora, esta noche, le digo muy suave y dulcemente que ya no puedo seguirle dando chichi, y que él ya no la necesita, porque ya creció, ya es un niño grande. No hay alaridos, como yo esperaba. Apenas y llora un poco, y agarra con fuerza entre sus dedos la manga de mi piyama. Eso es lo que hace desde hace meses cada vez que toma chichi: entremete sus dedos en la orilla de mi piyama, y eso lo tranquiliza, lo reconforta, lo arrulla. Esta vez es suficiente. Pronto deja de llorar y se queda dormido. Me duelen un poco los senos, que todavía no se acostumbran a su recobrada inutilidad, pero es un dolor momentáneo, pasajero, y pronto yo también me quedo dormida.
Amanezco con una especie de euforia: lo logramos. Terminamos de soltarnos. La lactancia fue una bendición y un martirio, una delicia y una esclavitud. Ya somos libres. Y justo a tiempo, también, porque desde hace meses que mi meta es destetarlo antes del viaje a La Haya, para poder ir al festival Crossing Border. Para poder dejarlo esos cuatro días con mi madre y viajar con Alejandro (a quien también invitaron al festival). Hace un par de semanas estaba segura de que no iba a lograrlo. Pasé un buen tiempo maquinando alternativas:
Llevarlo con nosotros (aunque eso implicaba someterlo al cambio de horario y al frío del invierno europeo). Fingir alguna enfermedad terrible el último día y no asistir al festival. Ir de todas formas, y dejar a mi pobre madre lidiando con un bebé inconsolable.
Pero lo logramos. La lactancia fue nuestra forma más cercana de querernos todo este tiempo. Ya no la necesitamos. Ahora que tenemos el lenguaje, ya tenemos, y estamos por inventar, nuevas formas de querernos.

























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