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Escombros

04 November 2017

“Esa playa aparece en el libro que estoy escribiendo. Una escena ocurre ahí”, me dice Gonzalo por WhatsApp después de que le envié una foto de la rueda de la fortuna —iluminada en medio de la noche— que hay en Schveningen. Trato de imaginar qué está escribiendo Gonzalo, qué puede ocurrir en esa playa, pero no llego a ninguna parte.

Al día siguiente, volveré a caminar un buen rato, pero ya no hacia la playa sino que hacia el Gemeentemuseum. Creo que fue camino al museo, a eso del mediodía, cuando me di cuenta de que había algo familiar en todo esto, en la ciudad. Un orden que recuerda, por ejemplo, a los barrios —de cualquiera ciudad, me atrevería decir— en los que se instalan los consulados y las embajadas. Hay un silencio que le pertenece, exclusivamente, a esos lugares, siempre. Una suerte de minimalismo, de quietud, que aquí, en La Haya, me parece algo extendido, como si la ciudad fuera un gran barrio de embajadas en la que, de pronto, el orden se quiebra por un parque, por el tranvía, por las tiendas del centro, por el ruido de unos pájaros negros en una isla justo al medio de un lago, por el mar, sin duda.

Lo que me resulta familiar es que yo estudié en un colegio, en Santiago, que quedaba en el barrio de las embajadas. Nací en el norte, en la provincia —las playas y el desierto—, y de pronto, con 12 años, cuando me fui a vivir a la capital, el paisaje fue otro. Fueron esos barrios silenciosos, esas casas grandes y elegantes, esas embajadas y consulados. Eso no era Santiago realmente, era sólo un barrio exclusivo, que por momentos se parece esto, a algunos lugares de La Haya.

Un pequeño paréntesis: estudié en un barrio exclusivo, pero el colegio era lo menos exclusivo del barrio. Un colegio católico, que estaba destinado para los hijos de las empleadas domésticas del sector, pero donde al final terminamos confluyendo una serie de clases sociales. El colegio era, entonces, una muestra perfecta de lo que es Chile en ese sentido: mucho arribismo, mucha discriminación silenciosa. Además, frente a nosotros quedaban dos de los colegios más privilegiados de Santiago, aunque nunca tuvimos contacto con ellos. Pero no nos dábamos cuenta de toda esa violencia social: éramos adolescentes, la vida se nos iba jugando a la pelota.

Estaba hablando de La Haya y, quién sabe cómo, terminé hablando de Chile, que era lo que había tratado de evitar durante todos estos días. Quería escribir del asombro que me produjo el descubrimiento de Anton Heyboer, a propósito de la exposición de su obra en el Gemeentemuseum, pero acá estoy, recordando mis barrios escolares. Qué espanto. Pero es así. Soy un pésimo turista y un peor latinoamericano —nunca he ido a Machu Picchu, no entiendo los bailes folclóricos ni toda la cultura prehispánica: es mi culpa, lo sé—, sin embargo, Chile siempre está ahí, como una condena. Lo dijo mejor que nadie ese poeta extraordinario que fue Enrique Lihn, cuando escribió unos versos muy famosos, tras haber recorrido algunas ciudades Estados Unidos: “Nunca salí del horroroso Chile”. Enrique Lihn —que después de Nicanor Parra es el poeta chileno más importante de la segunda mitad del siglo XX— además de escribir poesía, también publicó novelas, cuentos, ensayos, crítica literaria y crítica de arte, y al final de sus días, en 1988, se dedicó a dibujar un cómic. Algo en los trazos de Anton Heyboer me recordaron a los trazos de Lihn: una precariedad, como si lo real fuera sólo una suma de escombros que ellos decidieron retratar. Eso y sólo eso.

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