GESCHREVEN DOOR

Diego Zúñiga (ES)
VERTAALD DOOR

Heleen Oomen (NL)
Scheveningen
03 November 2017
—El centro está en esa dirección —me dijo el chofer, apuntando hacia un lugar indefinido, aunque cercano, poco antes de dejarme en el hotel. Miré hacia el centro. Pensé que cerca de ahí estarían los canales, y que quizás, si caminaba un poco más allá, podría ver el mar.
Pero entonces —como podrán imaginar quienes leyeron la primera columna— me di cuenta del error: busqué en mi iPhone la aplicación de Mapas y descubrí que Amsterdam estaba muy, pero muy lejos de mi hotel, y que en realidad me encontraba en La Haya, una ciudad de la cual sólo tenía noticias por todos los líos fronterizos que ha tenido mi país en estos últimos años, y que han sido dirimidos por la Corte de La Haya. Eso y no mucho más.
Supongo que el chofer, durante el camino, me indicó que veníamos a La Haya, pero no le entendí. Mi inglés —muy modesto— sólo alcanzó para balbucear algunas respuestas —casi todas monosilábicas—, mientras avanzábamos por unos campos muy verdes y muy holandeses. Recuerdo que en un momento me dijo que esos granjeros tenían botes y que iban a la ciudad por los canales que atravesaban el lugar, que ese era su medio de transporte. Quién sabe, ahora dudo de todo lo que creo haberle entendido.
Como sea: era mediodía, Amsterdam estaba lejísimo y yo me encontraba en una ciudad de la cual desconocía todo. Sin embargo, estaba el mar. Siempre está el mar. Eso indicaba, al menos, el mapa: había que caminar una distancia prudente —me pareció— y entonces llegaría a la playa de Scheveningen. ¿Cómo se pronunciaría eso?, pensé y luego busqué algunas imágenes, que me parecieron hermosas, así que no había mucho que hacer: caminar y caminar y caminar hasta encontrarme con esa playa y con ese mar, el Mar del norte.
Recorrí, primero, el centro, y le saqué fotos a cada uno de los edificios donde se podía ver algún guiño a Mondrian, que según yo era norteamericano o francés o de cualquier lugar del mundo, pero descubrí que no, que era holandés y que este 2017 se cumplían cien años del movimiento que comandó. La ciudad inundada por esos colores y esas figuras geométricas que convirtió en su estilo, en su sintaxis personal. Imaginé Santiago rindiendo homenaje a Roberto Matta, por ejemplo, ese hombre que pintó el futuro, pero no, en mi ciudad esas cosas no ocurre. O si ocurren, generalmente son un desastre. Así que volví a Mondrian, mejor, a deambular por las calles del centro. Y sí, sentí la alegría de estar en un lugar desconocido, en una lengua extranjera, en ese silencio que sólo se puede encontrar en esas condiciones. Me compré unas papas fritas —pues Gonzalo me había dicho que acá se hacían de una forma distinta, y que eran mejores. Y sí, es cierto: acá son muchísimo mejores—, y caminé un poco más hasta que decidí emprender el rumbo hacia la playa.
Como podrán imaginar quienes viven en La Haya o quienes han estado acá, la playa queda lejísimo del centro, pero yo, un iluso, o más bien, un pésimo lector de mapas, no me di por enterado y caminé y caminé y caminé, mientras oscurecía y los negocios cerraban. Eran las cinco de la tarde y la ciudad había sucumbido, sin mayores reproches, a una noche fría y prematura. Ya no podría conocer la playa de día, pero me pareció bello imaginar cómo se vería la rueda de la fortuna iluminada.
Llegué a Scheveningen a eso de las nueve de la noche, después de caminar más de tres horas, zigzagueando por esta ciudad tan limpia y bien iluminada.
“Yo estuve ahí”, me escribiría Gonzalo un par de horas después. Pero todo eso se los contaré, mejor, en la próxima crónica.

























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