GESCHREVEN DOOR

Munir Hachemi (ES)
VERTAALD DOOR

Fleur Jeras (NL)
blog 1 - Munir
06 October 2020
Desde la organización del festival me han pedido que este primer texto haga las veces de –la traducción es improvisada– «una suerte de prólogo para darte a conocer a ti, dónde estás ahora mismo, etcétera».
Dejando de lado la amenaza que preña todo «etcétera» la petición no es inocente y conlleva una pregunta (¿qué importa conocerme o saber dónde estoy?) que implica otra, más general: ¿cuál es el valor del lugar de un escritor o de su identidad?
La respuesta fácil pasa por la cobardía barthesiana de afirmar que no existe tal valor porque no existe tal lugar: la escritura es algo que sucede al margen de quien escribe. Pero a mí me han invitado a este festival como autor de Cosas vivas, es decir: de una novela ‘autobiográfica’ (según el cliché) o, mejor dicho, que toma la propia experiencia como material narrativo.
El hecho de que las propias vivencias (y habría que escribir: la propia memoria) compongan un material narrativo infinitamente más rico que cualquier posible invención está relacionado de una forma estrecha y secreta con la importancia de la situación de quien escribe. Parece haber un consenso –al cual adhiero– en que un hombre cishetero blanco de clase media jamás escribirá la misma novela que una persona trans lgb obrera y racializada. Incluso aunque no considerásemos que esa función es invertible (es decir, que leyendo una novela pudiéramos discriminar qué clase de persona la ha escrito) la afirmación parece cierta, pero entraña un grave riesgo que consiste en concebir la narrativa como un mercado de experiencias. Hace años un profesor, Eduardo Becerra –y parece que finalmente sí voy a hablar de mí–, nos sorprendía a sus alumnos al afirmar que los escritores totémicos de la nueva generación –recuerdo los nombres de Philip Roth y de Roberto Bolaño– se habían desempeñado en una multitud de trabajos precarios tales como camarero o vigilante de camping. ¿Qué tiene que ver –recuerdo haberme preguntado– el curriculum vitae con la literatura?
En términos políticos –en un sentido amplio de la palabra–, el giro experiencial de la narrativa es contradictorio, y diría que pone en crisis el género novelístico. ¿Es menos ‘biográfico’ «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» que Los detectives salvajes? Si la experiencia es memoria y la imaginación un procedimiento combinatorio… ¿no son ambos artefactos mosaicos de los recuerdos de sus autores? Dejando de lado el hecho de que en el límite toda memoria es colectiva, la colisión parece darse entre una concepción idealista de la literatura y otra materialista, lo que nos aboca a un debate gastado. Lo interesante, sin embargo, es el hecho de que el valor de lo literario pase hoy, en los circuitos mainstream, por el valor de las experiencias que se narran. Recuerdo un pasado ya mítico en el que la nada desdeñable cantidad de personas con ínfulas literarias que nos encontrábamos en las plazas de todo el Estado español nos preguntábamos a qué se refería uno de los dizque líderes del movimiento cuando hablaba de «la novela del 15M que está por escribirse» (parece ser que más adelante se adjudicó su autoría a Alberto Olmos). ¿Hablamos de una novela que narra la(s) experiencia(s) del 15M? ¿O es que el movimiento contenía una sintaxis, un léxico, una serie concreta de formas discursivas? ¿Era realmente posible para nosotros no escribir la novela del 15M?
Quizá este nudo gordiano se resuelva con un golpe de sable que no soy capaz de ejecutar, pero si me preguntan quién soy –como escritor– respondo: alguien que siente la presión de la contradicción entre la experiencia vendible y la narrativa especulativa, entre escribir en o contra un mercado de la literatura sin el cual no existo. ¿Dónde estoy? En ese conflicto, en ese nudo que me ata o me sujeta, es decir: me subjetiva.
























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