GESCHREVEN DOOR

Laia Jufresa (ES)
VERTAALD DOOR

Annie McDermott (GB)

Heleen Oomen (NL)
1: huis es casa
04 November 2014
Mientras yo escribo esto en Madrid, en el centro de Ámsterdam hay doscientos veinte departamentos en alquiler con tina en el baño. Hay treinta y dos con chimenea. Veinticuatro con tina y chimenea. Hay, incluso, trece departamentos bien localizados que cuentan con tina, chimenea y balcón. Estos últimos, desgraciadamente, serían impagables para un escritor.
Sé todo esto porque llevo horas buscando casa en Ámsterdam. En este corto periodo he aprendido a decir, o por lo menos a escribir: huizen te huur, badkuip, haard y balkon. Palabras que no sé pronunciar y que en diez minutos habré olvidado, no sólo por la confianza perezosa que google translate nos otorga, sino también, sobre todo, porque no las necesito.
No pienso alquilar ningún departamento en Ámsterdam. Voy sólo los dos días previos al festival Crossing Border de La Haya, y ya tengo hotel, muchas gracias. Es sólo que caí una vez más en la trampa. De este pie cojeo yo: compulsión inmobiliaria. Es lo que hago cuando no estoy escribiendo. Sobre todo, cuando debería estar escribiendo. Es como evado mis responsabilidades. Procrastinación, que le dicen. Yo digo que, bueno, otros “crushean candies”.
Dura, esta vez, hasta que me paro a hacer café. Entonces una voz que yo llamo la abuela interior, aprovecha para sugerirme -con esa amabilidad optimista que sólo tienen las abuelas- lo siguiente: ¿Y si en vez de los departamentos planeas el viaje?
Mmm.
Es una idea humildemente revolucionaria, para mí, porque por lo general invierto toda mi energía planificadora en lo irreal y lo imposible. Me dedico a escribir ficción, para empezar. Y cuando viajo lo hago sin guía. “Fluyendo” lo llamaba en la adolescencia y todavía no encuentro un mejor término. (Mi mamá sí tiene el suyo: “Laia viaja como las maletas”).
Sin embargo, en los últimos años y muy lentamente, he descubierto, por ósmosis, el relativo placer de tener un plan. Es porque me casé con un gringo, ya se pueden imaginar. Hace dos semanas, fuimos a conocer Lisboa. Él quería oír fados en tal barrio y beber no sé qué licor en no sé qué bar. Yo quería “pasear”. Mi marido viaja como yo escribo ficción: a sabiendas de que donde nos alejamos de lo concreto ipso facto decae el nivel literario. Yo en cambio viajo como procrastino: determinadamente sin rumbo.
Vuelvo de la cocina convencida de que, esta vez, seré otra. Seré alguien que llega a Holanda y declara, por ejemplo: ¡Quiero comer graskaas! Sí, me digo: basta de fluir. Planearé todo lo que quiero ver en el festival y en Ámsterdam, seré inflexible, haré un powerpoint. Bueno, no sé usar powerpoint, pero lo anotaré en una libreta.
Para el Crossing Border hay programados sesenta y cinco actos literarios. Veintiocho espectáculos musicales. Diez eventos especiales (cuyo criterio de selección ignoro, pues algunos son musicales o literarios). Además, en los pasillos habrá adolescentes recitando sus poemas, caricaturistas dibujando retratos, polaroids dibujadas a lápiz. Y, por si fuera poco, el grupo TUIG estará haciendo “tatuajes temporales literarios”.
Sé todo esto porque llevo horas explorando la página del festival y anotando lo que quiero ver en mi libreta. Mi abuela interna ronronea. Se siente útil. Y yo estoy casi delirante. ¡Cuántos escritores, cuántos buenos músicos! Por no mencionar a los doce traductores y otros tres autores que participan en The Chronicles. Será una fiesta.
¡Allá nos vemos, muchachos! Me reconocerán por mi tatuaje temporal literario. Dirá: huis gezocht.

























.png&w=256&q=75)











