GESCHREVEN DOOR

Laia Jufresa (ES)
VERTAALD DOOR

Heleen Oomen (NL)

Annie McDermott (GB)
3: stem es voz
15 November 2014
Anoche descubrí un papelito con el que puedes pedir el desayuno al cuarto. Hice una cruz en “Café” y otra, por curiosidad, en “Noticias”. A las siete en punto llegó una charola. Tenía comida y una sola hoja impresa con las “noticias” de un lado en inglés, del otro en español. La hoja en sí sería buen material para la charla que tendremos hoy sobre traducción, pero por lo pronto permítaseme citar su titular más relevante (o por lo menos el menos deprimente): Philae usó su taladro en el cometa pero se está quedando sin energía.
Que Philae muera no es deprimente. Pero sí un poco triste. Propongo despedirla con una hermosa canción de las muchas canciones hermosas que oí anoche.
De Stu Larsen:
Darling I should've said goodbye Before you even caught my eye Now I can't bear to see this die
Thirteen sad farewells my darling Thirteen sad farewells I will see you no more darling
You have used all your farewells You have used all your farewells
Mmm.
Pese a todo mi amor por la palabra escrita, resulta anticlimático ver esto así: negro sobre blanco, sin notas ni luces ni cuerdas, sin eso que vimos tanto ayer: diría “el poder de la música” pero me suenan las alarmas anti cliché.
Vimos presencia pura. Concentración y golpes certeros de diafragma. Norma Jean Martine, Trampled by Turtles, Iron and Wine, Stu Larsen. Todos entregándose al escenario. Vimos algo que vemos poco: esa alquimia vulnerable de la música haciéndose frente a tus ojos.
La vulnerabilidad es necesaria, no creas nada que valga la pena si no te sientes un poco desnudo. Yo la combato con cobijas y gorros. Arropándome es como la abuela interior me convence de seguir.
Pero un cantante no puede cubrirse. O sí, pero son distintas las máscaras, y el error es visible. No hay horas de reescritura, el ego tiene que ser más flexible.
Como escritora aprendo de los cantantes. De su precisión. De su voz como un pulpo milenario: cada tentáculo cosquilleando la nuca de cada uno de los presentes, o presionándoles el esternón hasta las lágrimas.
Dos actos me hicieron llorar. Uno fue Stu Larsen. Canta como un buen niño de coro que dejó la iglesia para viajar por el mundo, amplió su registro, se dejó crecer la barba. No suelo ser así de buena para adivinar nada, pero al googlearlo aprendí lo que había intuido: cristiandad y carretera. Ahora vive on the road, sin techo fijo pero con cada vez más conciertos. Su voz-pulpo (como también la de Iron and Wine), se te mete en el pecho y te quiebra o ilumina a voluntad. Cuando acaba quisieras acercártele y decir: Gracias.
También me conmovió el escritor Akhil Sharma. Presentaba Family Life, novela autobiográfica que le tomó doce años y medio escribir.
¿Valió la pena?, le preguntaron.
Contestó franco: No, no, no, claro que no valió la pena.
Puedo entender su frustración. Lo terrible no era estar buscando la voz para su historia, tampoco lo que tiró a la basura (7000 páginas, dijo). Lo terrible era no poder pasar a la siguiente. Porque buscar y tirar es normal: es lo que hacemos. Para esta crónica de 600 palabras borré unas 4000. Dejé afuera gente, anécdotas, lugares (y una mandíbula de mamut en venta en La Haya que realmente espero lograr incluir mañana).
Escribes picando piedra, hasta que das con una veta y te comprometes con ella. Te pones un gorro. Te armas de valor. Tiras todo lo demás.
La veta es la voz y este es mi oficio: stem gezocht.

























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