GESCHREVEN DOOR

Mauro Libertella (ES)
VERTAALD DOOR

Joep Harmsen (NL)
Mauro blog 4
05 November 2018
Todo termina, amigos.
Todo termina y nos despedimos a lo grande, dilapidando el último resto de energía que nos quedó, plenamente conscientes del carácter simbólico de los finales. En los textos y en la vida, los comienzos y los finales tienen un funcionamiento parecido. Cuando empezamos a escribir algo estamos fríos, todavía no encontramos el beat que va a marcar el pulso de las frases, es todo incertidumbre y pavor, promesa y terror. Por eso muchos escritores recomiendan volver a escribir los comienzos una vez terminado el libro. Los finales en cambio son el punto caliente de un recorrido, que si salen bien tienen que contener y clausurar emocionalmente todo lo que vino antes. Hay una responsabilidad casi ética en los finales. Bueno, quizás estoy sobredimensionando un poco las cosas. Todavía estoy bajo el efecto surreal de una noche larga.
Los hechos fueron los siguientes. Luego de una cena cuando todavía era casi de día (imagino que, de alguna vez mudarme a este país, lo que más me costaría sería la adaptación al horario de la cena), encaminamos nuestros pasos hacia el auditorio en el que nos tocaría disertar. Sobre un escenario circular, autor y traductor fueron pasando en duplas, como una pareja de toda la vida que se somete al escrutinio público de su historia de amor. Escuché a mis compañeros de crónicas hacer chistes, contar cómo trabajan, reconstruir el trayecto genealógico de sus libros. Luego me tocó leer un fragmento de mi propio libro en castellano y una pantalla proyectaba esas mismas palabras pero en neerlandés. Fue raro; advertido de que nadie hablaba castellano en esa sala, sentí una impunidad y una libertad para mí desconocidas. El castellano era de pronto mi lengua privada, un dialecto que en ese lugar y en ese espacio, solo por un rato, me pertenecían únicamente a mí. Para los allí presentes, debe haber sido como escuchar a alguien cantar una música cuyas palabras no dicen nada: mi libro se convirtió, en la noche de La Haya, en pura melodía. No es un mal destino para un texto.
Finalizado el evento, salimos a la ciudad fría y hermosa. El paisaje al que me ha habituado, y que ya estoy extrañando por anticipado, seguía ahí: la líneas de hierro en el suelo empedrado que marcan el recorrido de los tranvías rojos y silenciosos; el dibujo de una iglesia enorme que recorta la línea del cielo; el Filmhuis Den Haag, el teatro donde pasamos las horas del festival, los edificios modernos y vidriados y las tiendas pequeñas, en una combinación alocada entre lo nuevo y lo antiguo, la vieja Europa y la ciudad del futuro. Ingresamos una vez más, una última vez, al teatro y ya todo fue disgregación y afterparty, tragos que pasan de mano en mano, palabras escuchadas en mil lenguas que se mezclan, un vaso que cae al piso, un risa perdida, alguien que se pone su abrigo y sale a fumar a la oscuridad.
Y como dice la canción de un querido cantante argentino: si diez años después te vuelvo a encontrar en algún lugar, no te olvides que soy distinto de aquel pero casi igual.

























.png&w=256&q=75)











