GESCHREVEN DOOR

Mauro Libertella (ES)
VERTAALD DOOR

Joep Harmsen (NL)
Mauro - Blog 1
23 October 2018
Hay 11.500 kilómetros entre Buenos Aires, donde estoy ahora, y La Haya, donde voy a estar en unas semanas, si los acontecimientos siguen el curso que con tanto rigor hemos edificado. Acá, en el sur del sur, en una de las ciudades más insulares de la tierra, el termómetro marca 21 grados. Es una hermosa primavera: las flores violetas se abrieron por todos lados y por un instante es como si la tierra fuera un lugar extraordinario para vivir. La ilusión es pasajera, lo se muy bien, pero permítanme habitar por un rato en ese paraíso mental. En La Haya, me indica Google –ese oráculo al que le asignamos un nivel de veracidad total– el clima, hoy, es el mismo. Qué coincidencia. “Al destino le gustan las simetrías y los pequeños anacronismos”, escribió Borges, un escritor al que los argentinos deberíamos tener prohibido citar. Pero aquí estoy, una vez más, evocando al maestro, que siempre nos asiste con una frase, como un viejo amigo al que no vemos que nunca pero que aparece cuando las cosas se ponen confusas. Aunque quizás “destino” sea una palabra excesiva para este contexto, ¿no?
Debo reconocer que estoy un poco nervioso. La curiosidad me vence y recorro las calles de La haya a través de Google Street View (y este texto ya empieza a parecer, sospechosamente, una publicidad de Google…). Como en una ruleta rusa, suelto el cursor en un punto al azar y aparezco, por gracia de la realidad virtual, en una calle angosta, sin árboles, típicamente europea. La primera vez que viajé a Europa lo que capturó mi atención, sobre todo, fue la ausencia de árboles: era algo al mismo tiempo hipnótico y desesperante. Es extraño caminar por un lugar en el que lo que nos obsesiona es la ausencia de algo. Durante una época de mi vida hacía eso: me metía un rato cada día en el Street View y “paseaba” por varias ciudades del mundo. No se si lo recomiendo. Es como tocar las portadas de los libros pero no poder leerlos; es como mirar los trailers de las películas pero tener prohibido el visionado completo. Hay algo kafkiano en esa sensación, pero ya cité a Borges, asi que no debería, también, traer aquí a Kafka. ¿Quién me falta? ¿Joyce?
Supongo, por lo demás, que estas también son formas de “cruzar fronteras”: internet es nuestro crossing border de bolsillo. A veces pienso que nuestra generación (los que nacimos en la década del ochenta, digamos) va a cargar toda la vida con el pequeño trauma que implica haber atravesado la infancia en un mundo analógico, mucho más lento y monocromático que al actual, y que de pronto, cuando nos empezamos a hacer adultos, todo cambió. Fuimos la última generación analógica y nuestra experiencia está quebrada en dos. Es como los escritores a los que la guerra mundial los tomó a mitad de sus vidas: nunca más se repusieron de ese terremoto y si uno lee sus libros parece como si siempre estuvieran orbitando alrededor de esa misma obsesión, tratando de encontrarle la salida a un laberinto que no la tiene.
Pero no quiero exagerar.

























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