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Mauro blog 3

03 November 2018

Ayer presencié una escena conmovedora. Cuatro traductores de nuestro grupo se juntaron en uno de los pasillos del teatro en el que discurre la mayor parte del festival e intercambiaron figuritas neuróticas sobre cómo fue la experiencia de traducir los primeros textos para este blog. Fue una auténtica sesión de terapia. Yo me sentía un intruso, una suerte de doble agente encubierto, así que cerré la boca, me hice invisible y escuché. Uno diría que los autores están –o deberían estar– obsesionados con la palabra, con la sintaxis, con las posibilidades de la gramática de la lengua que eligieron para escribir. Pero al lado de los traductores, los autores son –somos– carmelitas descalzas, nenes de pecho, leones herbívoros (acabo de usar deliberadamente tres expresiones de la cultura oral argentina para poner en aprietos a mi traductor). Como dijo el escritor argentino Alan Pauls, los traductores son los últimos lectores que ejercen el close reading, la lectura microscópica; son animales entrenados en una especie de sospecha insoportable. La traducción es una esclavitud, un sacerdocio: los traductores están atados al texto en el que están trabajando de un modo casi dramático. Eso entendí escuchándolos hablar. A uno se lo veía conflictuado porque llevaba cuatro horas tratando de encontrarle la vuelta a una palabra; otro sufría (sufría de verdad, el buen hombre estaba mal) porque había tenido que soltar el texto luego de la séptima lectura. Creo que tenemos que aprender mucho de los traductores, sobre todo como lectores. Aunque, al mismo tiempo, me pregunto: ¿Se puede vivir así? ¿se puede estar tan cerca del objeto de nuestra obsesión sin quemarnos?

Luego estuve en la conversación con José Eduardo Agualusa, escritor angoleño de 57 años, un autor leído en muchos países. Agualusa habló de lo que significa haber nacido en África, de cómo esa pertenencia fundacional moldeó su carácter, de cómo esa bandera nacional y continental permeó su literatura y su manera de ver el mundo. Nunca lo había escuchado en vivo, pero es verosímil imaginar que es un hombre condenado a hablar más o menos siempre de lo mismo. El origen africano es su tema, y cuando a un escritor se le endilga un tema, luego es muy difícil salir de ahí. Yo vengo de familia de escritores (padre narrador, madre poeta) y ese es mi tema, la pequeña cárcel de sentido en la que quizás vaya a habitar el resto de mi vida. Desde luego que esa es al mismo tiempo una fatalidad y una elección; yo mismo escribo sobre mis padres una y otra vez (de hecho, ¡lo estoy haciendo ahora, una vez más!), rodeo el asunto, merodeo la zona, trato de encontrar nuevos flancos para atacar ese territorio.

Hace unas semanas estuve unos días en Londres y en una hermosa tarde de sol desemboqué en la famosa esquina de Hyde Park conocida como la Speakers´ Corner. Mirando a esas personas paradas en sus banquitos, vociferando discursos para cuatro o cinco oyentes casuales, me pregunté para qué lo hacían, pero sobre todo por qué lo hacían. ¿Para convencer a alguien, para descargarse al modo de una catarsis, para trasmitir una ideología como se transmite un virus? Escuchándolos, pensé que la literatura quizás también sea eso: alguien parado en un banquito, en la esquina de una plaza soleada, diciendo lo único que tiene para decir.

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